Gracias a Dios casi me secuestran

Escribo esto desde mi celular, son las 00:13 del domingo 9 de septiembre y no puedo dormir por haber recordado el 14 de junio de este año. Estoy en ese día. Me encanta el Mundial de Fútbol. Deseaba mucho que empezara, tanto como tener la comodidad de mi laptop tres meses después cuando me atreva a escribir sobre hoy. Ya no estoy en ese día. Me desperté 05:20 y me alisté para ir al gimnasio. “Al fin! Ya quiero ver!!!”, pensé. Me lavé los dientes, comí medio guineo, llené el termo de agua y la pereza me abrazó cuando me di cuenta de que había salido de la casa con el cel mientras las palabras de mi mamá corrían en círculos: “No lleves el celular cuando camines, te lo pueden robar“. Pero el abrazo fue enérgico, así que lo guardé en mi mochila.

  1. Sí, me lavé los dientes antes de comer el guineo y no al revés.
  2. Sí, me dio pereza regresar a la casa a dejar el cel, pero no me dio pereza madrugar a hacer ejercicio.
  3. Las listas de tres ideas se ven más lindas que con solo dos.

El gimnasio quedaba a cinco cuadras de mi casa. El viento era diferente a esa hora, me encantaba caminar con él. Soy contadora, mi divierto contando. Me sabía de memoria la cantidad de pasos entre diferentes distancias, generalmente tomando como referencia las líneas que limitan los carriles de la calle. Los azules de ese cielo no se los encontraba en otra hora del día, mis pensamientos se componían a todo volumen y al son de sus tonos. Mi momento favorito, ese, donde solo estaba yo y otros locos que salen a trotar.

Los que manejan odian que los peatones caminen en la calle y no en la vereda. Los que caminamos odiamos caminar en ella porque están dañadas, con huecos, desniveles y caca de perro. La calle promete más. Y a esa hora de la mañana sin tantas ruedas haciendo fricción, mucho más. Del lado derecho del Vitara estaba la vereda y una casa. Esa es otra de las razones por las que no me gusta caminar por ahí: se crean pequeños pasillos con los carros parqueados e imagino que ahí todo puede pasar sin que te vean. Decidí pasar por el lado izquierdo de ese Vitara blanco y sin llanta de emergencia que repetidas veces había visto llegar a parquearse una cuadra antes del gimnasio. Tripeaba:

  • Quién llega a su casa a las 5:50?
  • Ha de ser médico y tiene guardia en el hospital.
  • Hay dos personas ahí adelante y parece que se están besando o conversando muy cerca, mejor no voltearé a ver cuando pase al lado.
  • No puede ser que viva ahí, se demora en salir del carro. Es más, nunca he visto a nadie salir. Entonces es un taxista que viene a recoger a alguien en esa casa y siempre lo hacen esperar.
  • Qué risa cómo son los cálculos del tiempo y las coincidencias, casi todos los días cuando paso por aquí ese carro llega y se parquea ahí adelante.

Recuerdo segundo a segundo cada sonido y palpitación: terminando de rebasarlo a paso lento, abrió la puerta y escuché el crujir apurado del caucho de sus zapatos contra el asfalto. “Al fin salió y entrará a la casa”, pensé ingenuamente mientras me volteé para conocer al posible médico o taxista. Hubiese querido nunca haberlo conocido. Descarté el “Chucha, mi mamá tenía razón, ya me quedé sin celular” luego de pensarlo porque no intentó robar la mochila. Infectó con sus huellas mi brazo y me haló para adoptarme como pasajera. Sin alcanzar ver su rostro encapuchado, me desprendí con la fuerza que no sabía que tenía, sostuve su chompa verde oscuro para luego empujarlo, darme la vuelta y salir hecha un pedo sin mirar atrás. Soy gritona al hablar, sin embargo, tampoco sabía que tenía tanta fuerza para gritar. Corrí y grité a una intensidad brutal. Tripeaba:

  • Correré por la vereda, si lo hago por la calle les será más fácil alcanzarme y volver a intentarlo.
  • Aunque no me van a seguir, a esta hora pasan varios carros de las chicas del gimnasio y les dañarían el plan.
  • Tengo que gritar con todas mis fuerzas para despertar a los vecinos y que llamen a la policía.
  • Pasaron dos carros y no me pararon bola! Puta madre, es que estoy corriendo con ropa deportiva y me vieron de espaldas, obviamente pensaron que era una más haciendo ejercicio temprano.
  • Ahora correré en el medio de la calle con los brazos arriba pidiendo ayuda, ya es obvio que no me están siguiendo.

Eso último funcionó. Un carro con dos señores mayores pararon a mi lado a preguntarme qué me pasaba y si me podían llevar a algún lado. Tenía un número en la puerta que daba a entender que eran confiables. Sus voces inspiraban honestidad también. Les conté todo en una oración. Insistieron en darme ayuda. Pero no confié y se fueron. Habían provocado una fila larga de carros, todos de las chicas del gimnasio, y aunque estábamos a menos de 50 metros de ahí, me trepé al de Marcia, una señora muy linda, a romper en llanto como nunca antes lo había hecho.

Un abrazo y un té lograron callarme. Funcionaron mis habilidades de placera, los vecinos sí se despertaron y avisaron a la policía de inmediato, quien me estaba esperando afuera del edificio para el reporte. Olvidé cuántos “Bienvenido a Movistar” escuché, mis padres no contestaban. Llamé a mi novio, lloré contándole y me volví a tranquilizar. Luego probé con mi hermana y contestó, le pedí que me pasara a dadiyanki urgentemente. La policía me pasó dejando en mi casa para comenzar mi trabajo como hija: estar más tranquila que mi mamá para que ella no se pusiera peor. El universo sabía que iba a necesitar el celular, funcionó haber sido perezosa.

Pasé con lágrimas en los ojos todo ese día, toda la semana. Aún me asusta caminar sola, incluso en centros comerciales. No es para menos. La sensación la puedo revivir como si hubiera sido ayer. Arrebataron mi momento de paz y cielos azules. Nunca más volveré a escuchar los pájaros cantar en ese trayecto y estoy feliz de estar aquí para no hacerlo. Es chistoso que yo haya querido tanto que llegara ese día. Hoy valoro más lo que me pasa. He dejado de pensar que soy una persona con mala suerte, al menos eso intento, y recibo el porrazo como señal.

Quizá si le hubiera hecho caso a mi mamá y su frase “Piensa mal y acertarás”, habría detectado que el Vitara era sospechoso. Pero no. Decidí imaginar posibles escenarios, todos inofensivos, porque me gusta pensar bien. Irónico.

PD: No le digas a mi mamá que escribí esto.

2 comentarios en “Gracias a Dios casi me secuestran

  1. Qué bestia, el nivel de angustia que llegué a sentir. Te amo y soy feliz de que no haya pasado nada. Y de que puedas contar (narrar) también esto.

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto:
search previous next tag category expand menu location phone mail time cart zoom edit close