Uno nunca cambia a los amigos de su vida por nada en la vida

▶ Sea – Jorge Drexler

(Clic para leer con música bonita)

Hace dos años descubrí a Amalia Andrade, una escritora colombiana que ha publicado tres libros. El primero que leí fue «Cosas que piensas cuando te muerdes las uñas» que habla sobre la ansiedad. Me encantó el humor y lo fresco de su escritura, millennial friendly, como diría yo. Su estilo consiste en escribir a mano, dibujar sin saber dibujar y ofrecer espacios para ser completados por el lector. No había terminado de leer el primer capítulo y ya sabía que quería leer todo de ella. El segundo libro fue «Tarot magicomístico de estrellas (pop)», un manual para aprender a interpretar el tarot que incluye cartas. Amalia no empezó su carrera con ninguno de ellos. Lo hizo con uno de terror. De esos libros que no quieres empezar porque prefieres ignorar la realidad. Ese que te acompaña en los vientos de insomnio junto a las sombras del pasado con olor a azufre, a sufrimiento.

Libros de Amalia Andrade

Un día iba a reunirme con una amiga en un centro comercial. Llegué temprano como siempre, pero con justa razón. Quería darme una vuelta por la librería antes de encontrarme con ella para ir a comer. Y lo vi. Era el último libro que me faltaba de Amalia. Lo compré porque quería completar mi colección: ya tenía en mis manos «Uno siempre cambia al amor de su vida [por otro amor o por otra vida]». Incluso pensé que era un buen momento porque estaba pasando por una discusión fuerte con mi novio. Aunque quizá la palabra discusión no sea la apropiada, ya que ni nos hablábamos. Mi amiga demoró un poco más en llegar, así que avancé a pedir mesa. Abrí el libro mientras esperaba. El contenido era gracioso, pero no dejaba de ser real. Mi tristeza no me permitía lanzar una sonrisa al aire, sin embargo, lo estaba #gozando. ¿Y cómo no? Era Amalia. Habré leído cinco hojas hasta que me di cuenta de que no podía seguir. Pronto iban a empezar los ejercicios para escribir cosas personales. Era un libro para superar un corazón roto. No, no. Para superar una ruptura. La relación no había terminado, no quería tampoco. ¿Él? Ni idea. No nos hablábamos. Pero no podía asumir que los domingos de yogur y pan de yuca, los cafés por la noche para no dormirnos en las fiestas y los feriados de playa habían terminado. Cerré el libro, lo forré cuidadosamente con su funda y lo guardé en mi cartera con la esperanza de nunca más volverlo a leer.

Y así fue.

Hace poco, una gran amiga tuvo una de sus peores rupturas, de esas que te quitan la respiración por el inevitable dolor del corazón no correspondido. O mejor dicho, no comprometido. Le recomendé –aunque no lo haya leído– que se comprara «Uno siempre cambia al amor de su vida [por otro amor o por otra vida]», hasta le envié fotos de las primeras páginas para tantear su reacción. Lo amó, lo deseó. Después de unos minutos me di cuenta de que había algo más que podía hacer por ella. Regalárselo. Era nuevo, estaba intacto, no tenía mi nombre. Ella lo necesitaba más que yo. Pensé que después lo podía volver a comprar para que mi colección no quedase incompleta. Se emocionó y quedamos en que se lo entregaría en los próximos días porque teníamos una reunión de trabajo.

Llegó el día. Lo saqué de su sitio, lo vi por delante y detrás. Leí la contraportada, lo ojeé por dentro. Mi interacción con él había sido tan nula que en ese momento me percaté de que al final había recetas y stickers. «Algún día los volveré a ver», pensé. Le tomé foto a una receta de pancakes y lo cerré, también le di una última caricia. Era la primera vez que regalaría un libro mío y me sentía bien al respecto.

«A ver», me dijo cuando llegó a la casa donde estábamos reunidas. Le dije: «¡Cierto!». Abrí mi cartera y cuando planeaba entregárselo con una sonrisa, me interrumpió con lo que ella sostenía en su mano: era una funda de librería con el mismo libro dentro. «Para que las dos lo tengamos», o algo así me dijo, ya no lo recuerdo bien. «Voy a llorar», dije, a lo que me respondió: «¿Es en serio?», mientras mis lágrimas se deslizaban hasta mi boca para saborearlas. No tenía por qué comprarlo. No tenía por qué. Y si ya lo había comprado, se lo pudo haber quedado y decirme que no me preocupara por regalarle el mío. Se disculpó por hacerme llorar –es una ternura– y le dije que no era tristeza. Estaba feliz. Agradecida por tener una amiga como ella. La abracé fuerte, no quería soltarla. Quiero más personas como ella en el mundo, a que tú también.

▶ Sanar – Jorge Drexler

(Clic para leer con música bonita)

Uno siempre cambia al amor de su vida por otro amor o por otra vida de Amalia Andrade

Es cierto que estaba hipersensible por el PMS y porque estaba a 10 días de irme a estudiar a otro país. Pero estoy segura de que si no hubiera sido así, igual habría llorado. No recuerdo un acto de bondad tan lindo hacia mí como ese. Las cosas sencillas y buenas me hacen llorar, me tocan el alma. Me costaba creer que alguien pudiera tener un detalle así por mí. Por supuesto, intercambiamos los libros, le di el mío y ella me entregó el nuevo. Los firmamos en la parte de atrás, yo continuaba llorando. Después fui al baño a secarme y… seguía llorando. Lo estaba disfrutando y sintiendo al máximo. A todo esto, no estábamos solas, había dos amigas más. Una de ellas me dijo: «¡Te pusiste rojita!». 😳 Si enrojecerse fuera un crimen, condénenme a cadena perpetua.

Uno siempre cambia al amor de su vida por otro amor o por otra vida de Amalia Andrade
(Manché mi firma, darán disculpando mi torpeza)

Escribo esto con el corazón brillando, reconociendo una vez más que los amigos son un tesoro y que no debería temerle a un libro. A ti, mi Gabi, te agradezco nuevamente y de forma pública. Estoy segura de que cualquiera que esté leyendo esto coincide conmigo: tienes un corazón gigante del que todos deberíamos aprender. Hombres van y vienen, pero tus amigos estaremos contigo hasta que un plan sin megas nos separe y el wifi nos reencuentre.

Tu corazón va a sanar.
Va a sanar.
Va a sanar.
—Jorge Drexler

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