Pensamientos en un vuelo de casi 10 horas

Tiempo transcurrido: 04:02
Tiempo restante: 05:39

¿Horas que he podido dormir? A lo mucho, una y no seguida. Me he encontrado con una jornada incómoda, quiero estirar más las piernas y no puedo por mi pesada mochila que guardo al frente y debajo. Me arden los ojos, se me cierran, a decir verdad. No me sorprendería que alguien se acercara a pedirme un autógrafo por confundirme con un extra de The Walking Dead. La espalda me cruje, duele. La señora de mi izquierda está comiendo algo, intento con todas mis fuerzas ver qué es, pero por el tamaño de la funda que suena, me molesta y traspasa la voz de Drexler, voy a arriesgarme a decir que es maní. Aunque no huelo nada. ¿Se me habrá tapado la nariz? A mi derecha, mi papá, quien ve Aquaman escuchando con mis headphones Beats. De seguro él no escucha la funda de la señora. Igual no puedo quejarme, estoy cantando-susurrando porque soy de esas personas que no puede estar sin cantar tanto tiempo; quizá la señora del maní también quisiera no escucharme.

Me recuerdo inocente de niña diciendo que mi sueño era viajar por el mundo. También recuerdo que todo el mundo tenía ese sueño. Hablar es fácil; lograrlo, no tanto. Mi primer viaje fue a las Islas Margaritas. Quisiera poder decirte a qué edad fue, me gustan los datos exactos, pero mi memoria no me da respaldo. Confórmate conmigo sabiendo que era menor de edad, entre los 10 y 13 años. Conocer los aeropuertos fue mi Disney –digamos que hasta la comida es igual de cara–. Desde entonces, viajar ha sido mi motivación más grande.

Harry está besándose con Cho, es lo que alcanzo a ver en la pantalla de un pasajero diagonal a mí. Excelente película. Yo observo un modelado 3D del avión viajando sobre el mar (estoy tan cansada que primero escribí «amor» en lugar de «mar», aunque hubiera cometido un error como ese estando lúcida, inclusive). Al iniciar el viaje vi un episodio de The Good Wife que descargué en mi iPad, ya escuché 6 episodios de podcasts de psicología en Spotify y jugué Quién quiere ser millonario en la app de entretenimiento del avión. Después de 20 minutos de intentar dormir es que me puse a escribir esto. ¿Crees que me di por vencida muy rápido? Llego a las 06:48 a Madrid. Sí, debería obligarme a dormir.

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Y como no siempre hago lo que debería, aquí sigo. Me gusta llegar al aeropuerto las tres horas antes del vuelo que se suele pedir. Esta vez estuvimos tan solo dos y admito que me desesperé internamente un poco. Tengo una fascinación irracional con los aeropuertos. Me gusta llegar y que me pregunten la razón de mi destino, decir «turismo» y quedarme divagando en mi mente con que si realmente el destino tiene una razón. Escuchar el chic del sello de migración sobre una de las 32 páginas de mi pasaporte. Cansarme porque me hacen quitar todo de encima para ponerlo en bandejas y verificar que no pretendo cometer un acto terrorista. Llegar y ver todos los perfumes, ropa, bebidas y comida que no compraré porque no me dan ganas de hacerlo. Pasear por los locales de comida con precios hiperbolizados y quejarme una vez más de que todo es caro. Hasta que los pies me comiencen a latir y me siente a descansar, aquí me tomo la foto de los pies con la maleta de mano.

Luego empiezan a embarcar, pero primero me cuestiono por qué la gente hace fila con el counter cerrado como si se fuera a quedar sin puesto. Ya en el avión hay que lidiar con los pasillos. Minúsculos pasillos.

Desde la primera vez que viajé he tenido problemas en los oídos, además de taparse por la presión, siento un dolor intenso. Algunas veces me ha hecho llorar y gritar, ocurriendo justo en el despegue y aterrizaje. Esta vez me recetaron unas pastillas y me ha ido de maravilla, no me lo creo todavía. Aguanta, que llega la mejor parte: la comida. Me emociona porque nunca se sabe el menú, pero siempre espero con ansias el pan con mantequilla. No es la mejor comida del mundo y si la vendieran en un restaurante, jamás pediría la carta. Pero es la comida del avión. Abrir la tarrina, sacar los cubiertos de la funda, tratar de que el vaso no se riegue y que todo entre en la mesita… Es como jugar Tetris en la vida real. Y el momento que la mayoría detesta, las turbulencias. Dejar de comer para coger el vaso y evitar que te caiga encima. Experimentar los baches del cielo me hace recordar que estoy viva. Cuando la nave cae pequeños metros y regresa a su lugar, siento que mi pecho sale de su lugar y regresa a acariciarme de arriba a abajo con un sacudón que me susurra: «despierta».

No me comí el arroz (no me gusta) y puse el pollo dentro del pan con mantequilla.

Ha pasado una hora desde que guardé el celular para intentar dormir. Fracasé. Fui a buscar agua y comida. Descubrí que el maní de la señora eran en realidad bocaditos de queso con harina de chiapas –creo, estoy muy dormida para recordar un nombre tan raro–. Lo googlearé apenas tenga internet. ¿Recuerdas a la persona que estaba viendo Harry Potter? Ahora ve Friends. Qué agradable sujeto, podríamos ser amigos, aunque no logro ver si es hombre o mujer. Tengo bastante sueño y no puedo dormir. ¿Tips? Bah, estoy hablando sola.

Viajar es incómodo. Y me encanta.

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