El olor a normalidad

Hoy me puse perfume.

Estaba por salir por cuarta vez durante… Dejé de llevar la cuenta, ¿tú también? Más de dos meses son, ya que he estado confinada desde el 13 de marzo. Me puse bloqueador, había sacado la cabeza por la ventana de mi habitación y estirado mi cuello para tratar de ver el color del cielo: deslumbrante, definitivamente el sol estaba saludando. Al lado del botecito de bloqueador estaba mi perfume, uno que le había pedido a mi hermana que me trajera de Ecuador porque lo había dejado sellado y refugiado en un cajón. Lo vi entero. No lo había podido disfrutar, no le había visto sentido a ponerse perfume para ir al cajero automático o a comprar comida. Se camina manteniendo distancia, hasta evitando contacto visual, como si las moléculas del virus viajaran a través de miradas perdidas. Tampoco planeaba juntarme con alguien.

Volví a ver el frasco de perfume y me preguntaba si esa sustancia todavía sabría aferrarse a mi piel y al algodón que me viste. Hoy dije: ¿Por qué no? Presioné mi dedo índice unas seis veces. Exageré, lo sé. Pero el olor a perfume despertó en mí un poco de normalidad. Vi pasar imágenes mías arreglándome para salir a bailar, apurándome a las 8 AM para salir de casa e ir al trabajo, decorándome con su fragancia para asistir a clases, alistándome para perder el bus, tomarlo y almorzar con una amiga… Vamos, cosas de la rutina semanal. Era el olor a normalidad.

¿A qué más huele la normalidad? Al sudor de la gente en el transporte público, a la gasolina recién puesta en el auto, al olor del taxi viejo que te quiere cobrar de más, a la envidia que sientes cuando el vecino inunda tu casa con el aroma de una parrillada, a los libros de la librería a la que decidiste entrar mientras esperabas a tu amiga que siempre llega tarde, a la mandarina que tu compañero de clase abrió en el aula, a la peste que emana el estero, al cappuccino que sabes que quieres comprar, al olor que percibes al llegar a casa, ese que te confirma que cocinaron tu comida favorita… Podría no parar.

No sé cuánta normalidad haya en tu vida ahora. Pero yo vivo en pijama 24/7, estuve en una honda depresión y no me había puesto perfume –era la menos de mis preocupaciones– desde el jueves 12 de marzo, un día antes de que mi hermana se fuera de mí. Quizá antes no le veía el sentido y ahora tampoco. Y si tampoco lo ves como yo, date el gusto de ponerte perfume hoy para ir de tu habitación a la cocina. A veces las cosas sin sentido son las que más disfrutamos y desde luego para mí fueron 50 ml de felicidad pura.

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