«Nos ponemos llorones con los años»

Jorge Drexler dijo esa frase, con ojos llorosos, dirigiéndose a Pedro Guerra antes de cantar juntos Cuídame. Y me dejó pensando.

Llorar es una de las acciones más naturales del ser humano. Nacemos llorando. Pasamos de hacerlo sin haberlo decidido a descubrir que nos trae beneficios: el juguete de nuestros sueños, no comer un vegetal, un poquito más de torta de chocolate… A salirnos con la nuestra, básicamente.

Hay un encanto en inundar los ojos. Sueltas, dejas ir. Siempre he admirado a las personas que pueden llorar y no tienen miedo o vergüenza de mostrarlo. De niña yo no entendía cómo una persona podía sentir eso. Recuerdo claramente haber estado en la escuela y que una amiga me dijera: «Es que no quiero que me veas llorando», como si fuera a cometer el más recóndito de los pecados.

Llorar es bajar la guardia, desnudar y limpiar el alma. El alma tuya. ¿Por qué tendrías tú que mostrármela? ¿Por qué no? Me pregunto yo. Llorar es un acto más que individual. Llorar contagia emociones. Al exprimirte y derramar lágrimas estás haciendo un llamado al alma del que tienes en frente. Ven, sé que quieres ver el mundo. Le está diciendo. Y se toman de las manos para hacerse uno con las estrellas, nuevamente. También debe tener su momento a solas, por supuesto. Hay llantos tímidos que necesitan ser latidos solo con el universo de testigo.

Si la vida te da limones, exprímelos. Llora.

Siento mucho. Voy a decirlo, sí: una semana antes de que me llegue la menstruación me pongo cincuenta centavos más llorona. Lloro porque sí. Lloro porque no. Lloro porque vi un gato lindo que me recuerda a mi Simba. Lloro por el verso de una canción. Lloro porque extraño. Lloro porque estoy agradecida. Lloro porque me siento sola. Lloro porque me siento acompañada. Llorar no siempre significa estar triste. Me declaro embajadora de llorar de felicidad. Una amiga se inventó un hashtag, inclusive, #ValeriaCryingInPlaces: lloro en todos los matrimonios a los que voy, en conciertos, con casi todas las series que veo, viendo animalitos felices por la calle, en fin. 

Una vez experimenté un llanto más grande que yo. Fue el año del terremoto en Ecuador, 2016. Me siento afortunada porque no perdí corazones ni nadie a mi alrededor resultó herido. Pero sentí el dolor colectivo del país. Lloré todos los días durante más de un mes. Viendo o no las noticias. Al despertar y al irme a dormir. Es difícil de explicar. Lloré porque la Madre Tierra siguió su curso natural dejando una catástrofe que con nuestras inocentes manos tratábamos de sostener. El país entero estaba de luto. Lloré por mi país. ¿Alguna vez has sentido algo similar?

Me molesta estar triste y que me pidan que no llore. Esto es un tema más extenso del que podría hacer otra nota de blog, pero en esencia me refiero a que llorar es visto como algo negativo. En especial si eres hombre. Qué bonita es la vulnerabilidad, pero la gente pasa de ella. También me cabrea estar feliz, llorar y que me pidan no hacerlo, como si estuviera sufriendo. No, no y no. Y si sí me estuviera sintiendo mal: voy a experimentar mi dolor llorando si quiero y puedo. Las mentes reprimidas pueden dar media vuelta, no las voy a escuchar.

«Se llora lo que se llora». Jorge Drexler, una vez más, en Aquiles por su talón es Aquiles.

No nos ponemos llorones con los años. Estamos reconectándonos con nuestra alma, preparándonos para sentir sin obstáculos y dejarnos llevar como cuando éramos pequeños. Pasan los años y lo que realmente importa es ser y sentir. Así que a llorar a la llorería. ¿Te vienes conmigo?

Un comentario en “«Nos ponemos llorones con los años»

  1. Llorar es un síntoma también. Se puede llorar demasiado, se puede pedir ayuda llorando. Es lindo llorar de felicidad. Aunque si creo que con la edad nos importa menos el “qué dirán” y anhelamos esa ligereza de dejar salir la sal.

    Hermoso texto, como siempre.

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