Suavizar los sentidos

Suavizar los sentidos

Hace un año estaba tomando mi café de todas las mañanas. Insaboro. Son las 11:11 ahora, justo ahora. ¿Te tomas un momento para pedir un deseo (conmigo)? No importa qué hora tengas tú, te he guardado un cachito de minuto. Sí, te regalo mi tiempo, no lo eches a perder. O sí, ya es tuyo y puedes hacer con él lo que quieras, de verdad. Tengo de canción de fondo Cuenta Hasta Diez y mis ojos ya están arrugados porque sí. «Sientes mucho. Tienes muchas emociones», me repite él cada vez que lloro de emoción. No de tristeza, no de felicidad. De emoción. «Ya no cantas a la luna llena, solo le hablas de todas tus penas», dice la canción. Uf.

No me gusta fingir. Y quiero serte honesta aquí y ahora: No estaba preparada para escribir con la frase de la luna llena y las penas girando sobre su mismo eje en mi mente una y otra vez. Vine aquí a hablarte de los cinco sentidos, esos con los que vives en la cotidianidad y tomas por sentado. Mi hermana me dice que cuando hablo me voy por las ramas y me cuesta ir al punto, me hago bola, me disperso. ¡A que puedo hacerlo también al escribir! Créeme, por favor, cuando te digo que no estaba preparada para esto. Quería contarte muchas y otras cosas y el insaboro café del 5 de marzo de 2020 me pareció una manera perfecta y, por qué no, básica, cliché, común, de empezar. Pero ¿quién soy yo para ordenar mis ideas? Las ideas me ordenan a mí.

Espero que no hayas pensado que insaboro era equivalente a sin azúcar. Aunque, de hecho, no, no le pongo azúcar al café. Llevaba días –y duró tres semanas– sin saborear ni oler. ¿Crees en las coincidencias? La canción que me encontró en el párrafo anterior la escuché porque estoy disfrutando de mi Descubrimiento semanal de Spotify. Regresando a las coincidencias: ahora está tintineando un cover de Sabor a Mí. Es decir, justo estaba escribiendo acerca de saborear… Dicen que no hay nada peor que explicar chistes o lo obvio, como acabo de hacerlo. Pero sí que hay cosas peores.

Soy fiel a las hipérboles. Creo en que para ser artista debes ser exagerado. Debo, no… Quiero ver más que el resto, ver donde otros no. Quiero imaginar paraísos descomunales. Quiero cocinar para cinco cuando solo somos dos. Esto último porque me ahorra tiempo. Me aburro rápido de todo, pero puedo comer lo mismo una semana entera. ¿Y por qué te estoy diciendo todo esto? Ah, sí. Que sí hay algo peor que explicar los chistes: no disfrutarlos.

Te tengo una mala noticia… No puedes controlar lo que otros piensen de ti. También te tengo una buena: No puedes controlar lo que otros piensen de ti. Supe que iba escribir la misma frase para ambas noticias y decidí escribir palabra por palabra nuevamente en lugar de copiar y pegar. Saber esto te aporta cero en la vida, lo sé. Pero es que así de mucho me gusta escribir, dibujando letra por letra porque cada una guarda y expone partes de mí que voy conociendo mientras acaricio las teclas con mis dedos. Eso dicho románticamente, en realidad suenan como si las estuviera castigando. Estoy a mil. ¿Te voy a volver a preguntar por qué te estaba contando todo esto? No, no lo haré, pero te explicaré el porqué.

Dos párrafos atrás hay una palabra clave con la que no me había identificado hasta ahora, por más que mi madre me la ha dicho desde niña hasta adulta: artista. Mida lo que dibujé, mamá. ¡Es que usted es una artista! Gané un concurso de cuentos, mamá. ¡Es que usted es una artista! Quiero estudiar diseño gráfico, mamá. ¡Es que usted es una artista! No puedo controlar lo que nadie, ni mi madre, piense de mí. Por supuesto que si ella piensa que soy una artista es porque lo soy. ¡Porque la palabra de madre es ley! ¡Porque es mi madre! ¡Porque madre solo hay una! Espero que hayas identificado el sarcasmo. No seas así, por favor. Que como dice Mafalda, si es cuestión de títulos, nos graduamos el mismo día. No quería dejar de lado a mi papá, quien también me llamaba y llama artista a día de hoy. Pero soy artista y estoy en mi derecho de omitir realidades con el fin de dramatizar un poco –o mucho– mis intenciones. Tú has de hacer lo mismo, artista.

Es para nunca terminar de hablar sobre por qué da tanto miedo autodenominarse así. No soy ni mínimamente reconocida por lo que escribo, canto o dibujo. Y soy artista. «No te conoce ni tu madre», dirás. Y soy artista. Mira, tú usas tu ego para otros asuntos. Yo para definirme como artista. ¿Lo mejor de no poder controlar lo que otros piensen de ti? Que puedes ocuparte en controlar lo que tú piensas de ti. Así es cómo suavicé la mirada. Cuando dejé de verme como una inútil sin suerte ni talento, empecé a ver más la grandeza del resto. De ese paso no se vuelve jamás.

«Déjame ir», me susurra la idea de los cinco sentidos. La he escrito y borrado de inmediato varias veces porque quiere irse. Empecé a escribir sobre la música y sus matices, sobre el tacto, el roce, el aroma de las velas que adornan el aire, los besos edénicos y los colores que los envuelven. Pero hoy no quiere, hoy no. Que está terminado este escrito, dice. Que no hay espacio para ella. Y está bien. «Tendrás tu lugar cuando decidas regresar», le respondo. Mientras tanto seguiré cantándole a la luna llena, que de penas ya están otros encargados.

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