Equilibrio

Nunca he sido buena para caminar con líquidos custodiados por mis temblorosas manos. Llevar hasta la mesa la bandeja con el café y bizcocho que me gusta disfrutar en la merienda es una carrera en la que llego en último lugar. Camino con miedo, lentitud y dudas de si ese momento es una analogía de mi desequilibrada vida o no. Veo el café meneando su espuma de lado a lado, rozando los labios de la taza y me detengo. Pausa, yo puedo. Aceleró nuevamente, pero a paso más lento y seguro. ¿Tanto es el miedo de que se me desborde la vida? Sigo y viendo al frente porque si no lo veo no sucede, me engaño. Imagino un tsunami de café en caída libre hasta el pequeño plato que lo sostiene. No, no quiero causar una catástrofe, así que regreso la mirada a mi elixir milagroso. Vaya manera de nombrar a la salvación que me mantiene despierta. Me preocupa cero si la gente me critica por mi caminar. El que se fija más en el resto, poco se observa. Llego a la mesa con el café intacto, feliz de haber bailado, orgulloso de haberse quedado en su hogar. Llegar a paso lento es mi forma de llegar, es el equilibrio que he aceptado como mío. Y a mi vida nunca llego tarde, es la única carrera en la que llego en primer lugar.

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